Temístocles, el héroe de Salamina que acabó al servicio de Persia
Salvó a Grecia en Salamina, engañó dos veces a Jerjes y murió como señor de tres ciudades del rey persa. La vida de Temístocles.

Mar Egeo, hacia el año 465 a. C. Un barco mercante que ha salido de Pidna, en Macedonia, rumbo a Asia se mete en una tormenta, y el viento lo empuja hacia Naxos. Allí está fondeada la flota de Atenas, que en ese momento asedia la isla. Entre los pasajeros va un hombre al que nadie conoce y que no tiene ningún interés en presentarse, porque Atenas lo ha condenado y lo busca. Asustado, se acerca al capitán y le dice quién es. Si lo entrega, añade, contará que lo llevaba a bordo a sabiendas y por dinero; si lo salva, se lo pagará. El capitán mantiene el barco anclado lejos de la flota, un día y una noche, sin dejar bajar a nadie, hasta que puede seguir viaje.Tucídides 1.137.2. Tucídides dice que el capitán no sabía quién era hasta que el propio fugitivo se lo reveló.
El pasajero era Temístocles. Quince años antes había ganado la batalla de Salamina y había salvado a Grecia de los persas. Ahora huía de su propia ciudad, y el sitio al que iba era la corte del rey de Persia.

Un ateniense de segunda
Temístocles nació hacia el 524 a. C. en una Atenas que todavía no tenía Partenón ni era la gran potencia que imaginamos. Pocos años después la ciudad echó a sus tiranos, y en el 508 Clístenes puso en marcha la democracia. Al este, mientras tanto, crecía el Imperio persa, que iba del Egeo a la India.
Su padre, Neocles, era de familia respetable, pero, dice Plutarco, «no de las más ilustres» de Atenas. La madre es otro asunto. Para unos era tracia; para otros, caria, de Halicarnaso, y Cornelio Nepote la hace acarnania. Las fuentes no se ponen de acuerdo, pero sí en lo esencial: no era ateniense, y eso convertía al hijo en un nótho. nóthos, «bastardo»: en Atenas, el hijo de un ciudadano y una mujer extranjera, con menos derechos y menos prestigio que un hijo legítimo..Plutarco, Temístocles 1.1–2; Nepote, Temístocles 1.2. La cronología de las leyes atenienses sobre ciudadanía hace dudar de que el problema fuera tan grave en su época. Temístocles no era un aristócrata. Era el chaval listo que tuvo que ganarse cada cosa.
Plutarco cuenta que de niño, en los ratos libres, no jugaba: se quedaba ensayando discursos en los que acusaba o defendía a sus compañeros. Su maestro le decía: «Tú, muchacho, no vas a ser nada pequeño, sino algo grande, para bien o para mal». Es la típica anécdota de biografía antigua, de esas que se escriben sabiendo ya el final, pero retrata bien al personaje.Plutarco, Temístocles 2.2. Nepote, en latín, empieza su vida así:
Themistocles, Neocli filius, Atheniensis. huius vitia ineuntis adulescentiae magnis sunt emendata virtutibus, adeo ut anteferatur huic nemo, pauci pares putentur.
«Temístocles, hijo de Neocles, ateniense. Los vicios de su primera juventud quedaron corregidos por grandes virtudes, hasta el punto de que nadie lo supera y a pocos se les considera iguales».
Nepote añade que su padre llegó a desheredarlo por juerguista y manirroto. Plutarco, en cambio, cree que eso es un invento, y prefiere otra historia: que el padre, para quitarle las ganas de meterse en política, lo llevó a la playa y le enseñó los trirremes viejos, abandonados en la arena, porque así trata el pueblo a sus líderes cuando ya no le sirven.Nepote, Temístocles 1.2; Plutarco, Temístocles 2.6. Visto lo que vino después, la lección tenía su gracia.
El trofeo que no le dejaba dormir
En el 493, según la datación más aceptada, fue arconte. uno de los nueve magistrados anuales de Atenas; el arconte epónimo daba nombre al año.. Y desde el principio miró al mar: empezó a fortificar el Pireo, un puerto natural mucho mejor que la playa abierta de Falero, que era la que usaba Atenas.Tucídides 1.93.3. La fecha del arcontado se discute.
En el 490 los persas desembarcaron en Maratón y los atenienses los derrotaron. El héroe del día fue Milcíades. Toda Atenas lo celebraba, y Temístocles, según Plutarco, andaba por la ciudad de noche, sin dormir. Cuando le preguntaban qué le pasaba, respondía esto:
καθεύδειν αὐτὸν οὐκ ἐῴη τὸ τοῦ Μιλτιάδου τρόπαιον.
«No le dejaba dormir el trofeo de Milcíades».
Había envidia, claro. Pero Plutarco añade algo más: los demás pensaban que Maratón era el final de la guerra, y él creía que era el principio de combates mayores.Plutarco, Temístocles 3.4. Los persas iban a volver.
La plata del Laurio
En el 483, en las minas del Laurio, al sur del Ática, apareció un filón de plata. La asamblea tuvo una idea muy humana: repartirlo, a diez dracmas por cabeza. Temístocles propuso otra cosa: construir con ese dinero doscientos barcos de guerra.Heródoto 7.144.1. Aristóteles, Constitución de los atenienses 22.7, y Plutarco, Temístocles 4.2, hablan de cien. Y aquí está el truco: no habló de Persia, que quedaba lejos y no asustaba a nadie, sino de Egina, la isla vecina con la que Atenas estaba en guerra. Heródoto lo resume en una frase: aquella guerra con Egina salvó a Grecia, porque obligó a los atenienses a hacerse marinos.
No todos estaban de acuerdo. Su gran rival era Arístides, al que llamaban «el Justo». En Atenas había una forma de resolver esos choques: el ostracismo. votación en la que cada ciudadano escribía en un trozo de cerámica (óstrakon) el nombre del político al que quería alejar. Si se alcanzaba el mínimo de votos, el más votado se iba diez años al destierro, sin juicio y sin perder sus bienes.. En el 482 el desterrado fue Arístides.Aristóteles, Constitución de los atenienses 22.7. Plutarco cuenta que un campesino que no sabía escribir le pidió a un desconocido que pusiera «Arístides» en su óstrakon, y que el desconocido era el propio Arístides, que lo escribió sin rechistar.Plutarco, Arístides 7.7. Probablemente es una anécdota inventada. Conviene recordar lo del ostracismo, porque volverá.
El muro de madera
En el 480 llegó Jerjes, el hijo de Darío. Heródoto habla de más de cinco millones de personas entre soldados y acompañantes, una cifra imposible; hoy se calcula en decenas de miles, como mucho unos pocos cientos de miles.Heródoto 7.186.
Atenas consultó a Delfos, y la primera respuesta de la Pitia fue terrible: huid al fin del mundo. Los enviados insistieron y obtuvieron un segundo oráculo, algo más suave y bastante más raro. Solo «un muro de madera» resistiría, y terminaba con estos versos:
ὦ θείη Σαλαμίς, ἀπολεῖς δὲ σὺ τέκνα γυναικῶν ἤ που σκιδναμένης Δημήτερος ἢ συνιούσης.
«Oh divina Salamina, tú harás perecer a los hijos de las mujeres, cuando se esparza la semilla de Deméter o cuando se recoja».
Los intérpretes de oráculos lo leyeron como un desastre: perderían una batalla naval en Salamina. Temístocles le dio la vuelta. Si el dios pensara en los atenienses, habría dicho «desgraciada Salamina», no «divina». Los muertos serían los otros. ¿Y el muro de madera? Los barcos.Heródoto 7.140–143. El oráculo decía justo lo que a él le convenía.

En agosto del 480, mientras Leónidas resistía en las Termópilas, la flota griega combatía en el cabo Artemisio. Allí Heródoto cuenta una historia que retrata a Temístocles de cuerpo entero. Los habitantes de Eubea, que no querían que la flota se marchara, le pagaron treinta talentos. Él le dio cinco al almirante espartano Euribíades, como si fueran de su bolsillo, y tres al general corintio Adimanto. El resto se lo quedó.Heródoto 8.4–5.
Cayeron las Termópilas y el camino a Atenas quedó abierto. Temístocles convenció a la ciudad de que la abandonara: mujeres, niños y esclavos a Trecén, Egina y Salamina; los hombres, a los barcos. Los persas entraron en una Atenas vacía y quemaron la Acrópolis.Heródoto 8.41 y 8.53. En Trecén apareció en 1959 una inscripción que dice copiar el decreto de evacuación; es del siglo III a. C. y muchos historiadores dudan de que reproduzca fielmente el original.
«Pega, pero escucha»
La flota griega estaba ahora en Salamina, y los aliados del Peloponeso querían irse al Istmo de Corinto a defender lo suyo. En el consejo de guerra Temístocles insistió tanto que Euribíades levantó el bastón para pegarle, y él le contestó sin moverse: pátaxon mén, ákouson dé, «pega, si quieres, pero escucha».Plutarco, Temístocles 11.3. Heródoto 8.59–62 cuenta la discusión, pero no recoge esta frase. Después pasó a la amenaza: si los demás se iban, los atenienses embarcarían a sus familias y fundarían una ciudad nueva en Italia. Sin los barcos atenienses no había flota griega, así que se quedaron.Heródoto 8.62.

Pero no se fiaba. Esa noche mandó en barca al campamento persa a Sicino, el esclavo que hacía de pedagogo. esclavo que acompañaba y vigilaba a los hijos de una familia; no era propiamente un maestro. de sus hijos, con un mensaje para los generales de Jerjes: Temístocles estaba de su parte, los griegos iban a huir y, si atacaban ya, eran suyos.Heródoto 8.75. Esquilo, Persas 355–360, alude al mismo engaño sin nombrar a Temístocles. Los persas se lo creyeron y cerraron las salidas del estrecho. Ahora los griegos ya no podían escapar aunque quisieran. Temístocles los había obligado a luchar.

Salamina
Jerjes se sentó en un trono al pie del monte Egáleo, frente a la isla, con escribas que anotaban quién luchaba bien.Heródoto 8.90.4. Su flota era más grande, pero en el estrecho los barcos se amontonaban, chocaban entre sí y no podían maniobrar. Entonces atacaron los trirremes griegos. Esquilo, que combatió en aquellas guerras, estrenó ocho años después Los persas y puso en boca de un mensajero el grito de los griegos: «¡Hijos de los helenos, adelante, liberad la patria!».Esquilo, Persas 402–403.

Fue un desastre para los persas. Después de la victoria, los generales griegos votaron quién había sido el mejor. Cada uno se votó a sí mismo en primer lugar, y la mayoría puso a Temístocles en segundo.Heródoto 8.123. En Esparta, nada menos, le regalaron una corona de olivo y el mejor carro de la ciudad, y trescientos jinetes lo escoltaron hasta la frontera.Heródoto 8.124.
Aún le quedaba un golpe de astucia. Tras la guerra, Atenas quiso reconstruir sus murallas y Esparta se opuso. Temístocles fue a Esparta y se dedicó a ganar tiempo: no podía negociar, decía, hasta que llegaran sus colegas de embajada. Mientras tanto, en Atenas, hombres, mujeres y niños levantaban la muralla con lo que encontraban, incluidas piedras de tumbas. Cuando los espartanos se enteraron, ya estaba hecha.Tucídides 1.90–93. En el Cerámico de Atenas se conservan tramos de esta muralla con piedras reaprovechadas.
Del ostracismo a la huida
En Atenas, un héroe que no deja de recordar lo que hizo acaba cansando. Plutarco cuenta que Temístocles molestaba a todos repitiendo sus méritos, y que encima levantó un templo a Ártemis con el sobrenombre de Aristobule. «la del mejor consejo». La indirecta era evidente: el mejor consejo había sido el suyo., al lado de su casa.Plutarco, Temístocles 22.1. Mientras, crecía un nuevo líder, Cimón, el hijo de Milcíades. Sí, el del trofeo.
Hacia el 471 los atenienses volvieron a sacar los trozos de cerámica, y esta vez el nombre que escribieron fue el suyo.Tucídides 1.135.3; Plutarco, Temístocles 22.3. La fecha es aproximada. Esos votos existen: los arqueólogos han encontrado muchos óstraka con su nombre. En 1937 apareció en la ladera norte de la Acrópolis un lote de unos ciento noventa, escritos por muy pocas manos. Oscar Broneer pensó que eran votos preparados de antemano para repartirlos entre ciudadanos que no sabían escribir, aunque no hay forma de probarlo.O. Broneer, Hesperia 7 (1938). Véase M. Lang, Agora XXV: Ostraka (Princeton, 1990). El salvador de Grecia se fue desterrado a Argos.
Lo peor vino después. En Esparta, el regente Pausanias cayó acusado de pactar con Persia, y los espartanos dijeron haber encontrado pruebas de que Temístocles estaba metido en el asunto. Atenas y Esparta mandaron hombres a detenerlo.Tucídides 1.135.2–3. Se refugió primero en Corcira, que no se atrevió a acogerlo, y después con los molosos, en el Epiro. Su rey, Admeto, le guardaba rencor. Fue la mujer de Admeto quien le dio la solución: que se sentara junto al hogar con su hijo pequeño en brazos. Era el gesto del suplicante. quien pedía protección con un ritual religioso; rechazarlo era una ofensa a los dioses, sobre todo a Zeus., y Admeto lo respetó.Tucídides 1.136. De allí bajó a Pidna, tomó el barco mercante, pasó la tormenta de Naxos y desembarcó en Éfeso. Territorio persa.

«Vengo a ti»
Desde Asia escribió al nuevo rey, Artajerjes, hijo de Jerjes. La carta empieza con un descaro difícil de superar:
Θεμιστοκλῆς ἥκω παρὰ σέ, ὃς κακὰ μὲν πλεῖστα Ἑλλήνων εἴργασμαι τὸν ὑμέτερον οἶκον, ὅσον χρόνον τὸν σὸν πατέρα ἐπιόντα ἐμοὶ ἀνάγκῃ ἠμυνόμην
«Yo, Temístocles, vengo a ti: el griego que más daño hizo a vuestra casa, todo el tiempo que tuve que defenderme por fuerza de tu padre cuando me atacaba».
Y seguía: pero también os hice muchos más favores, como avisar a tu padre de que los griegos pensaban cortar los puentes del Helesponto. Me debes una.Tucídides 1.137.4. Es el segundo mensaje a Jerjes, después de Salamina, que cuenta Heródoto 8.110. Pidió un año para presentarse ante el rey, y en ese tiempo aprendió todo el persa que pudo y las costumbres del país.Tucídides 1.138.1.
El rey lo trató como a nadie. Le dio tres ciudades de Asia Menor: Magnesia, que rentaba cincuenta talentos al año, para el pan; Lámpsaco, la tierra con más viñas de la época, para el vino; y Miunte para lo que acompaña al pan.Tucídides 1.138.5; Plutarco, Temístocles 29.7. Plutarco cuenta que un día, ante una mesa espléndida, les dijo a sus hijos: ô paîdes, apolómetha án, ei mè apolómetha, «hijos, estaríamos perdidos si no nos hubiéramos perdido».Plutarco, Temístocles 29.7. Es probable que la frase sea apócrifa. En Magnesia acuñó monedas de plata con su nombre, y se conservan.
La muerte y los huesos
Murió en Magnesia hacia el 459, con sesenta y cinco años según Plutarco.Plutarco, Temístocles 31.5. La fecha es aproximada. Tucídides dice que de enfermedad, aunque «algunos dicen» que se envenenó porque no se veía capaz de cumplir lo que había prometido al rey.Tucídides 1.138.4. Plutarco recoge la versión dramática: que, ante la orden de luchar contra los griegos, ofreció un sacrificio, se despidió de sus amigos y bebió sangre de toro. Es una leyenda; la sangre de toro no es veneno.Plutarco, Temístocles 31.4–5.
Y un final muy suyo: Tucídides cuenta que, según decían, sus parientes llevaron sus huesos a escondidas al Ática, por orden suya, para enterrarlos allí, donde estaba prohibido sepultar a un condenado por traición.Tucídides 1.138.6. El propio Tucídides lo presenta como algo que se cuenta.
Lo que queda de Temístocles
Queda, primero, otra Atenas. Su flota fue la base de la Liga de Delos y del imperio ateniense del siglo V. Quienes remaban en esos barcos eran los ciudadanos más pobres, y cuanto más importaba la flota, más pesaba su voto. Plutarco, que no simpatiza con esa democracia, se lo reprocha: Temístocles, dice, convirtió a los atenienses de hoplitas firmes en marineros.Plutarco, Temístocles 4.3, citando a Platón, Leyes 706c. Las Murallas Largas que unieron Atenas con el Pireo llevaron su idea hasta el final: una ciudad que, si hacía falta, podía vivir del mar.
Queda también el juicio de Tucídides, que no regala elogios:
φύσεως μὲν δυνάμει, μελέτης δὲ βραχύτητι κράτιστος δὴ οὗτος αὐτοσχεδιάζειν τὰ δέοντα ἐγένετο.
«Por la fuerza de su talento natural, y con muy poca preparación, fue el más capaz de improvisar lo que hacía falta».
Y queda su cara, o algo parecido. En Ostia se encontró un busto, copia romana de un original griego del siglo V, con su nombre grabado. Hoy en el cine es el protagonista de 300: El origen de un imperio (2014), con poco Heródoto y muchos abdominales.
¿Traidor o superviviente? Salvó a su patria, se llenó los bolsillos por el camino, lo echaron y acabó comiendo del rey al que había derrotado. Tucídides lo admira, Plutarco duda y Heródoto lo pinta listo y codicioso. Probablemente las tres cosas son verdad.
Fuentes
Antiguas. Heródoto, Historias, libros 7–8 (escrito una generación después de los hechos); Tucídides 1.90–93 y 1.135–138 (la fuente más fiable para el ostracismo, la huida y la muerte); Plutarco, Vida de Temístocles y Vida de Arístides (siglos I–II d. C., con muchas anécdotas de valor desigual); Cornelio Nepote, Temístocles; Esquilo, Persas; Aristóteles, Constitución de los atenienses 22.
Modernas. A. J. Podlecki, The Life of Themistocles (Montreal, 1975); R. J. Lenardon, The Saga of Themistocles (Londres, 1978); J. F. Lazenby, The Defence of Greece 490–479 BC (Warminster, 1993); B. Strauss, La batalla de Salamina (trad. esp., Barcelona, 2005); M. Lang, Agora XXV: Ostraka (Princeton, 1990).
Los textos griegos siguen las ediciones de Perseus (Heródoto, ed. Hude; Tucídides, ed. Jones y Powell; Plutarco, ed. Perrin); el latino, la de Nepote en Perseus. Las traducciones son propias. Las imágenes son recreaciones generadas con IA, no representaciones fieles de personas ni lugares.